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PREGÓN de Matías López Collado,
PARA LAS FIESTAS DE SANTA QUITERIA 1998

Reina, damas, miembros de la comisión de fiestas, Sr. Alcalde, vecinos de Higueruela, amigos todos:

Me siento orgulloso e inmensamente agradecido por haber sido elegido, por la comisión de festejos, Pregonero en 1998 de las fiestas de mi pueblo, HIGUERUELA, aunque con cierto pudor al considerar que no atesoro valores que puedan justificar ésta elección, salvo el sentirme profundamente arraigado a éste maravilloso pueblo de Higueruela. Sin duda alguna, cualquiera de vosotros habría merecido con más autoridad que yo éste pregón. Reitero por tanto mi profundo agradecimiento a la comisión de festejos.

Aquí, no dispongo de trompeta cuyo sonido os prepare para oír el mensaje que como pregonero se me ha concedido anunciaros, en éste, para mí, emotivo acto; por ello mediante el recurso del recuerdo intentaré retrotraerme cuarenta años atrás y rememorar situaciones vividas durante los doce años que aquí pasé.

En Villalta donde nací, viví durante seis años en los cuales y entre otras anécdotas que no vienen al caso, recuerdo un hecho cotidiano, no por ello rutinario para mí, de una belleza plástica tal que todos los días lo contemplaba con incredulidad y asombro; con toda seguridad no os dirá nada a la mayoría de vosotros por ser más jóvenes y posiblemente no haberlo contemplado nunca.

Se trata del rito de calzarse los pies por la mañana los trabajadores del campo de aquella época. Al amanecer y al calor del fuego donde se cocinaban los gazpachos del almuerzo y durante la cocción de los mismos los muleros que así se llamaban aquellos trabajadores, primero secaban sus peales al fuego, mientras engrasaban sus abarcas con gestos sencillos pero firmes y después con ellos vestían sus pies, en uno de los ritos para mí más fantásticos que en aquella mi infancia pude vivir. Los peales no eran otra cosa que trozos de tela de distinta consistencia y  forma que permitían al observarlos, por su limpieza y tacto, conocer la veteranía y grado del dueño y por tanto a éste; pudiendo confirmar dicha propiedad después, observando únicamente como se los colocaban; el mayoral diferenciaba unos de otros perfectamente y los trataba y modelaba con verdadero mimo como si de un orfebre se tratara, los que tenía que poner como primera capa alrededor de los pies eran tejidos muy maleables casi sedosos que se adaptaban a la irregular anatomía de los mismos, después ponía otros más cálidos, como si fuesen trozos de jersey viejo, también maleables, que de nuevo forraban la primera protección, para finalmente colocarse los fuertes, que parecían de lona y que tenían la finalidad de aislarle de la humedad al ser impermeables, tras ello se ponían las abarcas con una especie de polainas de cuero, que vestían de éste material las piernas hasta la mitad de las mismas, y que fijaban mediante unas finas y largas correas que pasaban por unos enganches, dejando las piernas perfectamente movibles y protegidas contra cualquier inconveniente climático; los muleros más noveles eran menos meticulosos en el acto de calzarse y pagaban su bisoñez con roces al finalizar el día, en los dedos o en los tobillos, al no haber protegido correctamente los mismos; el mayoral entonces les recordaba lo importante que era la obediencia en el aprendizaje de hacer bien las cosas.

También de Villalta he recordado, muchas veces, como en una nube a un hombre grande con un corazón mucho más grande y tierno, que me hacía sentir bien siempre que estaba con él, por que de él siempre emanaba cariño, era capaz de excitar mi fantasía infantil continuamente, cuando estaba junto a él no existía la posibilidad del miedo, tan fuerte le veía que estaba plenamente seguro de que podía, detener los rayos, parar las tormentas y vencer y domesticar a cualquier jauría de lobos, leones o tigres sin esfuerzo alguno; era un hombre sencillo pero enorme como persona, era, pues ya no está entre nosotros, JUAN FORMES. Sirvan estas pobres palabras como recuerdo y testimonio de su enorme bondad y buen hacer.

De Higueruela en ocasiones recuerdo:

Unos vasos de plástico de colores y algunos cazos de aluminio que los niños, protegidos con el guardapolvo, llevábamos a la escuela y en los que nos tomábamos el desayuno, tras disolver la leche en polvo que nos mandaban los americanos.

  Me es grato recordar aquí a un maestro excepcional D. JOSÉ MARTÍNEZ  de Jorquera que, con gran esfuerzo personal de su parte, consiguió transmitirme conocimientos, para el examen de ingreso de bachiller, que he rentabilizado con ventaja posteriormente, no sólo en el bachiller sino durante la carrera de Medicina. D. José Martínez conocía perfectamente, hace cuarenta años, que el aprendizaje no es otra casa que repetir una y mil veces y organizar lo repetido, mi más sincero agradecimiento por aquel magisterio.

En aquellos años conocí de la generosidad y alegría de la gente de Higueruela. Con las vecinas era normal compartir las primicias de la huerta, los huevos de las pollas primerizas así como un sinfín de tareas comunes. Las puertas de las casas recuerdo siempre estaban abiertas y oír cantar a la gente era la norma tanto a las mujeres en sus casas como a los hombres en el campo.

  Un hecho repetido anualmente que rememoro con frecuencia era la matanza del cerdo, donde la colaboración de los amigos y vecinos era lo habitual, sin embargo en aquellos trances, recuerdo especialmente a una mujer alegre, trabajadora, generosa y buena como pocas, que fue la “ISABEL DEL CURRO”, Dios estoy seguro la tiene a su lado, y yo me honro pudiendo recordarla aquí.

Recuerdo el sonido de los zapatos de D. Pascual Serrano en la acera de mi casa; en ocasión de tener yo un cuadro de apendicitis que el me trató, dicho sonido tenía la virtud de convertirse en el más eficaz de los analgésicos, cuando más dolor tenía oía los zapatos y aquél desaparecía como si de un acto mágico se tratase, este hecho fue el responsable de que yo posteriormente estudiase Medicina.

Recuerdo unos inviernos mucho más crudos que los de ahora, pero mucho más bonitos, la nieve hacía su presencia casi todos los años e invitaba a la solidaridad a la gente de Higueruela; en el pueblo siempre a alguien se le presentaba algún problema que precisaba de la colaboración del resto de los vecinos, siendo éste un examen que año tras año se superaba con elevada nota; ni una sola vez que yo recuerde se comentó que fallase esta solidaridad, que anulaba el aislamiento en que la nieve sumía al pueblo.

Se dice que a los hijos se les debe desear unas livianas alas y unas profundas raíces. En todas las ciudades por las que he pasado y vivido he conocido paisanos de amplias alas que les permitieron casi siempre con notable éxito, como ocurre con los trabajadores de este pueblo, formar sus hogares en ellas. Todos ellos integrados perfectamente en sus nuevas ciudades, revelaban que sus más profundas raíces las tenían aquí. Quiero recordarles a todos ellos en este momento.

Desde los doce años, edad a la que salí con mi familia del pueblo, prácticamente todos los años he pasado por aquí aunque sólo hayan sido unas horas, ello me ha permitido ver como poco a poco lo habéis ido transformando de un pueblo sencillo y ahorrador, “la economía del campo no permitía alegrías”, en un pueblo bonito y limpio, joven, vivo, alegre, próspero, con servicios, y acogedor, que sigue siendo generoso y abierto a las gentes que de fuera vienen y que después cantan sus glorias cuando se van; todos cuantos por Higueruela pasan hablan después maravillas de lo bien que se lo han pasado y les habéis tratado.

Por estas fechas, no quiero que se me olvide una historia fantástica que debiera ser real por lo bonita que es, y que año a año se recordaba en casa durante éstas fiestas. Se trata del enfado que se le atribuye a “Santa Quiteria la Vieja”, cuando con ocasión de haber dispuesto el pueblo reemplazarla en la procesión por la más joven, “Santa Quiteria la Nueva” aparcándola a ella en su hornacina de la iglesia. Se desató una tormenta que no dejó en el pueblo títere con cabeza, cayó una granizada que rompió los cristales de las casas dejando blancas y embarradas sus calles y que sin embargo no salió más allá del perímetro del pueblo; las acémilas trabadas a la sazón por estas fechas, seguían sin haberlo percibido, pastando tranquilamente en las eras de sus amos. Desde entonces no se ha repetido un episodio similar en la historia del pueblo, gracias a que todos nosotros y antes que nosotros nuestros padres y nuestros abuelos, comprendimos lo que la Santa mayor quería y que no era otra cosa que pasear una tarde al año, con sus hijos en procesión por su pueblo. Desde entonces se ha respetado su voluntad.

Pero como yo no quiero que os enfadéis conmigo por pesado y suponiendo que todo lo que os he dicho antes, haya tenido el efecto del trompetazo anunciador del pregón, desde este momento os comunico que quedan abiertas las fiestas de Santa Quiteria 1.998 en Higueruela, para que todos las podamos disfrutar.

VIVA HIGUERUELA.

VIVA SANTA QUITERIA.

Matías López Collado, (un hijo de Higueruela).

   
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