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Aldeas de Higueruela. CASA APARICIO.

VIVIR EN UNA ALDEA EN LOS AÑOS 70.

(Relato de Alfonso Tortosa Mínguez publicado el año 2018) La vida en la Casa Aparicio en los años 1973-1990, vecinos, amigos, costumbres, un gran relato.


Esta es una fotografía aérea de la aldea Casa Aparicio, cedida por Gunnar Moller Andersen y Belén García.

Vivir en una aldea en los años 70...

Vivir en una aldea en los años 70 no era tan sencillo como ahora; las carreteras, caminos y coches no eran tan buenos para llegar a la civilización en un momento.

Antes no había tantas comodidades, pero tampoco faltaba de nada y de lo que más había era libertad, la libertad de un niño que tiene ante sí la naturaleza por descubrir y todos los recovecos que la aldea esconde y que entre juegos vas descubriendo.

Echando la vista atrás, puedo aseguraros que mis mejores recuerdos de la infancia son los que viví en la "CASA APARICIO"; allí me crié y viví hasta los treinta años y no sabéis lo que daría por volver a vivir otros treinta de esa manera; desgraciadamente, el tiempo no tiene marcha atrás, pero la memoria si y ahora disfruto mucho recordando toda aquella época en la que no había problemas y sentías la protección y la seguridad que daba el hogar junto con tus padres y hermanos.

Llegué a la Casa Aparicio cuando tenía tres años, allí conocí a Mª Carmen, Joaquín y Sacra,que junto a sus padres, Joaquín y Ana María, vivían en la casa de la Huerta. Separaba las dos casas una senda que iba unos doscientos metros a orillas de un cequión fresco y poco profundo y que cuando caían esos hielos, nos gustaba usar de pista de patinaje.

Mis vecinos, como podéis imaginar, con el tiempo y dado la cantidad de vida compartida, sé convirtieron en algo más, en casi familia, así es como los siento y los sentiré siempre.

Al principio no había luz eléctrica ni agua corriente, la pusieron a los dos o tres años,pero recuerdo, antes de llegar las lavadoras, a mi madre y a mi vecina (las dos Ana Marías) lavando la ropa en el lavadero que había en "la reguera" a la sombra de un llorón enorme, llorón que tantas veces trepamos y que también fue sede de una de las muchas casas que hacíamos por los árboles.

Nosotros siempre estábamos jugando con arcos y flechas por los árboles, en el montón de las alpacas, por los corrales, los pinares,con las bicis, buscando balsas donde bañarnos, con el balón,etc... En fin juegos sencillos y todos al aire libre, que te qui hacían disfrutar del día intensamente.

Yo fui directamente a primero de E.G.B. sin pasar por parvulitos, y es por eso, que mi padre cuando venía de trabajar, sacaba la cartilla de "amiguitos" y me enseñaba a leer y a escribir. Si, mi padre fue quien me enseño a leer y a escribir y es algo que llevaré siempre con mucho orgullo.

Ahora se valora mucho todo lo ecológico y natural, algo que debido a la forma de vivir de hoy en día, pocos pueden disfrutar. Yo, en cambio, lo disfruté siempre, aunque es cierto que ahora lo valoro mucho más.

Recuerdo el agua fresca que salía de la fuente, a un lado de la casa, con su pilón de piedra, a la sombra de los paraísos y de un pino enorme, el sabor de la leche recién ordeñada que nos dejaba todos los días Juan "el Chocero" de sus vacas de las Casillas y que al cocerla hacía dos dedos de nata, recuerdo los pitorrazos que daban los panaderos cuando llegaban con el pan, siempre con prisas, unos días Benito y otros Antonio o Pepe Luis o cuando llegaba Miguel "el tomatero" con su furgoneta llena de ultramarinos y mi madre compraba por mil pesetas un montón de cosas. Pero lo que mas recuerdo, es el sabor de todo lo que mi padre cultivaba en el huerto, desde las patatas,judías, tomates, pimientos, etc.. hasta unos tomates de secano que eran gloria verlos y que tenían un sabor que tengo guardado en mi memoria pero que no se puede explicar.

Recuerdo la fiesta que eran los mataeros y esos gorrinos enormes que mi padre engordaba do el año y que tanto costaban sujetar en la mesa de matar, ver la cámara con sus varas llenas de salchichones, chorizos, longanizas, guarras, sobrasadas, etc. ¡Y sobre todo los jamones!, ¡Enormes! que tenían un sabor que me acompañara siempre y quien tuviese la suerte de probar, sabrá de que hablo.

La puerta del gallinero se abría por la mañana y las gallinas salían libremente por el campo, por lo que podéis imaginar como eran los huevos y el sabor que tenían, y aunque la zorra, alguna que otra vez hacia una pequeña catástrofe, merecía la pena no renunciar al sabor y dejar a las gallinas en libertad.

Recuerdo las francachelas de los mataeros porque, a parte del mio, se hacían los del encargado, (Pedro, Pascuala, Pepe y Teodora) y el del dueño de la "Casa Aparicio" (Miguel, Sacra y su hijo Miguel); todos nos juntábamos a ayudar y a comer. Tampoco faltaban los pastores: Nico, Joaquín, Pascual, Matías y los tractoristas Juan Antonio y Blas, al igual que Antón y Felisa, dos personas muy trabajadoras y buenas que no faltaban nunca a estas citas. No olvidaré nunca las historias que contaba Antón.

A todos les tengo un cariño especial y de todos guardo esa sensación de pertenecer a un grupo de gente buena que iban a trabajar o vivían en la aldea.

Recuerdo aquellos veranos en los que me iba a pasar unos días a la "Casa Royo" a casa de mi tío Gonzalo con mis primos, María Dolores y Alfonso, ésos días interminables de verano, metidos todo el día en la piscina y solo interrumpidos cuando llegaba mi tía Ramona con aquellos bocadillos enormes para merendar, el arroz caldoso que hacia mi tío Gonzalo en su mataero, poniendo bien temprano una sartén muy grande a hervir durante toda la mañana, con pollo, conejo, palomo, perdiz y no se cuantas cosas más, pero que tenía un sabor increíble. Sin duda, la comida cocinada en la lumbre está mucho mejor, por eso recuerdo todas las que hacia mi madre de esa manera con un cariño especial, lo hacia todo con una facilidad y una maestría digna de admiración y sobre todo de sabor.

Recuerdo la lumbre que encendía mi padre en la placeta de la entrada para celebrar San Blas, la saltábamos y después asábamos chuletas. Mi abuela Blasa siempre decía: "San Blas, San Blas, guárdanos el carril de las sopas". En casa había dos Blasas: mi hermana, mi abuela y un Blas: mi cuñado.

Pero quien siempre estuvo en todo fue mi cuñado Alfonso, maravillosa persona que nos dejó demasiado pronto, pero que lo llevaré siempre en el corazón y nunca olvidaremos.

Siempre que paso por la Casa Aparicio tengo la sensación de que va a aparecer por allí en cualquier momento mi padre con sus perros, mi madre con su ajetreo de siempre o mis hermanos: Ascensión, Blasa, Paco y Ana a los que quiero mucho.

Recuerdo todo, pero lo que más, a mis padres trabajar muchísimo y muy duro para sacar a sus cinco hijos adelante. Mi padre, por desgracia, se marchó de repente y no nos pudimos despedir de él, pero donde esté, quiero que sepa que a mis hijos les hablo mucho de él, para que sepan quien fue su abuelo, "Perico Cabulleras" y que nunca lo vamos a olvidar y a mi madre decirle desde aquí, que para mi es la mejor madre que he podido tener y que la quiero con locura, que la he visto trabajar como una mula por sus hijos y eso lo llevare siempre de ejemplo en mi corazón.

En fin, deciros que es muy hermoso recordar la vida que llevas vivida y con quien la has vivido. Todos estos recuerdos y millones más, se los cuento a mi razón de vivir, lo que más quiero, mi mujer: María y mis hijos: Pedro y Blanca, para que sepan que su padre se crió en la "Casa Aparicio" y que soy hijo de "Perico Cabulleras"

Mientras hablemos de todos estos recuerdos, nunca desaparecerán y estarán con nosotros siempre, los recuerdos y las personas.

FELICES FIESTAS A TODOS Y ¡VIVA SANTA QUITERIA!
Alfonso Tortosa Mínguez



Vivieron o trabajaron en la Aldea.

   
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